viernes, 1 de junio de 2007

Ni cerebro ni corazón

Voy a decirlo de una vez: estoy contra el TLC. Dudo sistemáticamente de la mayoría de argumentos a favor o en contra del TLC (por politizados, por exagerados, tergiversadores, poco analíticos y simplicadores); además, creo que el libre comercio es un ideal tan inalcanzable como el comunismo. Pensar que mediante un tratado negociado y creado para grandes empresarios se va a alcanzar el libre comercio es ingenuo; además, aunque éste se lograra, ¿quién dice que el libre comercio es un medio para lograr el bienestar común? ¿Acaso creemos aún que el enriquecimiento del sector empresarial y financiero se traduce automáticamente, si del todo, al resto de la población?

Hay ejemplos de lo contrario en todo el mundo: las gigantescas transnacionales como Nike, Coca Cola, Time Warner, McDonalds, etc, son reconocidas por violar los derechos del trabajador, por pasarle por encima a leyes ambientales y por competencia desleal, entre otros agravios. Las corporaciones están hechas para que los accionistas ganen dinero; si hay consecuencias positivas para la sociedad son efectos colaterales y ocasionales, nunca meditados. Los gobiernos, en cambio, buscan el bienestar común de la ciudadanía. Se supone que nuestro gobierno debe favorecer a los desfavorecidos, ocuparse de los desvalidos y, en general, luchar contra las inequidades socioeconómicas y políticas para asegurar la estabilidad social. Ahora bien, todo esto es utópico. El gobierno no hace eso. Posiblemente nunca lo va a hacer. ¿Por qué? Las trabas legales, la burocracia, la corrupción, la mediocridad y el conformismo que parecen ser inherentes al empleado y la institución pública son algunas razones.

Creo que muchos de los del Sí están profundamente desilusionados con las instituciones públicas. Su motivo principal para apoyar el Tratado no es el Tratado en sí, sino su descontento con el sistema. No obstante, ninguno de los vicios de las instituciones públicas justifica su desmantelamiento. Los principios fundamentales de nuestra sociedad y de nuestra democracia se basan en la búsqueda de equidad. El Estado debe preocuparse por esto. Nosotros, como ciudadanos, debemos asegurarnos de que se cumplan nuestros derechos, observando y criticando a las instituciones para que éstas cumplan con sus obligaciones; y, a su vez, cumpliendo nuestras obligaciones como ciudadanos responsables. El Estado no es realmente, en su constitución, un ente abstracto; está conformado por ciudadanos como nosotros. Se puede argumentar que es el sistema el que está mal, que la gente no lo puede cambiar. Pues cualquiera puede mejorar el sistema, ya sea mostrando resistencia a éste, cambiándolo en las cosas más simples o tomando una posición política alternativa.

El ICE, por más filas, atrasos, ineficiencia y burocracia que haya, siempre va a ser mejor que AT&T o Telcel. ¿Por qué? Pues porque Telcel busca la ganancia económica; el ICE, como institución, busca el acceso universalizado a la telefonía. Telcel no tiene más razón de ser que el "profit", a como dé lugar. Dejemos de pensar como consumidores y empezemos a pensar como ciudadanos. Sí, mi celular no va a poder conectarse a Internet desde todos los rincones de mi cuarto, pero por lo menos mi empleada tiene teléfono, los vecinos que viven del salario mínimo del papá tiene teléfono, el cuidacarros tiene teléfono...

Con el TLC vamos a poder elegir entre tres compañías con tarifas similares (todas más altas que las existentes). Talvez el servicio sea mucho mejor, talvez no. ¿Pero que pasa con la gente que no pueda elegir, porque no tiene los recursos económicos? Con el TLC, el ICE no va a existir. Olvidémonos de ese argumento tan simplón de que "no es desmantelamiento, es apertura". Evidentemente, la apertura de una institución subsidiada por el Estado como el ICE —una institución que cobra más al sector empresarial para cobrarle menos a los usuarios residenciales— implica su fin. En general, la competencia de las instituciones del Estado con compañías privadas significa la extinción de las primeras. Este es el resultado que los opositores al Tratado (los pensantes, por lo menos) temen. ¿Y quién se va a ocupar de los menos privilegiados, los que no tienen recursos para ponerse a pensar en esta companía o aquella, este servicio o este otro, este mall o aquel, los que apenas pueden comprar lo básico?

Esto no es cuestión ni del cerebro ni del corazón; es de ambos. Las reglas del juego del TLC no son claras ni justas. No por nada hay hasta políticos de derecha que se oponen a éste y a medidas similares donde se espera que el desarrollo económico cause, magicamente, el desarrollo social (ver Stiglitz). Las corporaciones no tienen corazón ni valores. El ideal del Estado Social de Derecho quizás sea inalcanzable, pero un ideal inalcanzable es mejor, finalmente, que ningún ideal. No abandonemos aún lo que hemos logrado como pueblo; después no habra lamentos que valgan.

5 comentarios:

Julia Ardón dijo...

Insisto: cerebro y corazón desde hace años no están separados. En todo caso el corazón que hemos propuesto es la O del NO. Lo que importa es el NO. No así. Este TLC así NO.
Gracias por el valioso aporte.

Hay mucha gente serena por el NO. Claro...es la que menos destacan los medios grandes, o más bien ignoran del todo.

Igual en el sí hay gente decente y bienintencionada y en el NO más de un gritón y pachuco. Una no toma la decisión por quien "le convence", cuando una se informa decide desde su propia verdad.

Es una decisión personal, soberana, legítima y respetable.

Anónimo dijo...

Acertado comentario en el sentido de que hay gente, en ambos vados que se rajan a decir cada barbaridad!

SI Al TLC

Someone speaking out loud dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Someone speaking out loud dijo...

Jajaja me da risa que algunos que comentan muy airadamente en otros posts no se acercan por aquí a despotricar contra todo.

Someone speaking out loud dijo...

Excelente, algo sensato al fin.

Resumido en sabiduría popular: hay que matar las pulgas y no al perro.

NO al TLC